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Primavera 1984: Historia de la carroza que puso nerviosas a las autoridades de una escuela de Paraná

Comenzaba a deshojarse el calendario de 1984 y la democracia florecía como un jazmín tras la helada. En un concurso de carrozas, con diverso grado de conciencia individual, un grupo de chicas y chicos hizo algo que molestó a las autoridades de su escuela: hablar de libertad, justicia y democracia.

El Diario, de Paraná, publicó una foto de la singular carroza, con el slogan que molestó a uno de los docentes

Por Jorge Riani para Revista Contexto

Hace más de treinta años, un grupo de quinceañeros que compartían curso de una escuela secundaria de Paraná hizo una carroza para competir en un certamen. El premio de ese certamen era todo un sueño: el viaje a Bariloche para el curso completo.

Los chicos y las chicas vivían una triple primavera. La democracia recién se despertaba después de la pesadilla, tenían 15 años y se aproximaba el 21 de septiembre de 1984.

Hace unos meses, uno de aquellos chicos agitó los recuerdos entre quienes vivimos esa experiencia, me atreveré a autorreferenciar para hacer más fácil el relato. Todos los protagonistas disparamos nuestros recuerdos.

Ricardo Ilardo tiene un canal de Youtube, donde cuenta vivencias y desovilla historias. Hace algunos meses llegó el turno de contar la historia de la carroza de los estudiantes de cuarto año A del Instituto Santa Teresita del Niño Jesús, en Paraná.

Me hizo una pregunta, que antes de recordar el papel maché, la purpurina para la pintura de nuestras alegorías humanas, me trajo a la memoria el malestar que generó en las autoridades de la escuela nuestra carroza. Es posible que muchos compañeros de entonces no tengan ni registro de esto que hoy recuerdo. Nunca lo hablamos; ni entonces, ni después, ni ahora.

Por entonces, ni siquiera sabíamos que estábamos desairando con símbolos de libertad a una escuela en la que se seguía cantando “Cara al sol”, el himno falangista de la dictadura asesina de poetas y no poetas.

Ricardo trabajó en la carroza como un estudiante más de un curso al que no iba, en una escuela a la que tampoco iba. Era un amigo que colaboraba y mucho.

Pusimos ideas, plata, trabajo y sueños sobre el lomo de ese proyecto colectivo. Perdimos. Nos angustiamos. Lloramos porque sentíamos que no nos habían entendido.

Visto a la distancia me doy cuenta de que la carroza era un delirio nerd, que nada tenía que ver con un clima festivo, juvenil, colorido, carnestolendo, diría una vieja crónica, que los organizadores pretendían, con razón, para el concurso.

Perdimos por izquierda y perdimos por derecha. Perdimos ante el jurado y perdimos ante las autoridades de la escuela.

No sé qué habrá pensado el jurado de nuestra carroza. Quizás lo mismo que pienso yo ahora: fue muy sobona, muy poco relajada, muy distanciada de la dinámica y el colorido de aquellos días de primavera.

Mientras a algunos le molestó la falta de flores, a otros los irritó la alusión a la libertad y la república. De hecho, el veredicto más duro surgió por derecha y fue lanzado por el rector y por un docente que agitaba con fuerza la campana ideológica de esa escuela.

Habrán pensado que nuestra carroza era asquerosamente republicana y repugnantemente humanista. Un asco para un grupúsculo que vivía regurgitando odio por los rincones, luego de que las urnas del 30 de diciembre de 1983 nos devolvieran la democracia.

Nuestro carromato temático era una plataforma rectangular tirada por un tractor sobre la cual había diversos elementos alegóricos.

Como si fuera una mesita poblada de piezas, cada cosa estaba en su lugar. Había una pareja de alumnos con el uniforme de la escuela, un gran libro abierto para machacar en la idea del conocimiento, una antorcha gigante que iluminaba promocionando el saber y un pedestal que era la apuesta fuerte de la carroza.

La explicación de nuestra representación se expresaba a través de un volante que se entregaba al paso del vehículo alegórico.

El pedestal era como un pequeño Monumento a Urquiza, que tiene la figura central y está también poblada de alegorías. En nuestro monumentito aparecía como figura central la República, y como figuras secundarias dos alegorías: El Comercio y la Justicia.

El comercio estaba representado por nuestro compañero Sadi Werner pintado entero de dorado. Era un genuino Hermes o Mercurio, con su caduceo y su casco alado. Para nosotros estaba claro que la figura del comercio tenía lugar allí por la orientación pedagógica de la escuela.

La justicia era toda plateada y estaba representada por nuestra compañera de curso Miriam Alis. ¿Podría alguien estar en contra de la idea de justicia?

Arriba de la carroza, Sadi y Miriam fueron los pioneros de las estatuas vivientes.

El mensaje fuerte de la carroza estaba allá arriba, en la cumbre del pedestal. Gabriela Wolf representaba a la República, calzando un gorro frigio y sosteniendo el escudo nacional.

¿Cómo íbamos a representar a la República, sino con ese gorro de connotación jacobina, como lo han querido los asambleístas del ‘13 que eligieron el Escudo Argentino?

Eso, que para nosotros era de una nobleza indiscutida, al rector le pareció ofensivo. Estaba muy nervioso y se notaba que ya sentía una profunda nostalgia por los años de plomo.

No tenía ira, sino un tono de lamento y nostalgia. Los fascistas también sienten nostalgia.

El profesor Antonio Maidana, que nos intentaba convencer de que “Camps es un héroe”, en alusión al temible represor Ramón “Chicho” Camps, casi se descompuso cuando vio el gorro frigio en la carroza, como la Muerte se descompone cuando Oliverio le recita poesías en “El lado oscuro del corazón”.

Me acuerdo que intenté dar una explicación porque las alegorías se hallaban allí por sugerencia mía. Montadas sobre la carroza, las figuras estaban muy bien representadas, me atrevo a decir.

La antorcha era dorada. En la base del pedestal giraban siluetas de trabajadores, estudiantes, jubilados, niños. Tomadas de la mano, las figuras formaban un círculo que giraba.

En su ronda, las figuras entraban y salían del interior del pedestal.

Debían haber girado con un motor, como lo hacía la antorcha. Pero no hubo tiempo para semejante pretensión mecánica. A las siluetas la hacíamos girar algunos de nosotros, escondidos en el interior del pedestal para hacer el mismo trabajo de un motor, sin que se notara la diferencia desde afuera.

Un profesor que nos enseñaba garabatos dificilísimos que había que escribir a la velocidad de un diálogo y luego decodificar en castellano se ofuscó también por la carroza. El profesor de garabatos se llamaba Alberto Abud y por fuera del horario escolar adoctrinaba a jóvenes en una especie de club fascista que se llamaba “La unidad” y funcionaba en dependencias castrenses.

Lo que le molestó a Abud fue el slogan de nuestro carromato sobón: “preparando ciudadanos de paz, para una nación con grandeza”. No le molestó que sea nerd, le molestó la palabra paz. A eso no lo estoy suponiendo, lo explicó claramente: “no me gusta eso de que preparamos para la paz”, dijo y maldijo al pacifismo.

Creo que el tono sobón, nerd de la carroza se debe a mis sugerencias, lo cual es una graciosa paradoja viniendo de quien encabezaba, sin dudas, la lista de los alumnos menos apegados a estudiar para los exámenes.

Cada uno de nosotros recuerda algo de esa experiencia. Algunos recordarán una cosa y otros, otras. Muchos, las mismas. Al fin y al cabo, la memoria es de una relatividad asombrosa, como hemos dicho ya.

Esa es la historia que tengo para contar de nuestra carroza que perdió por derecha y por izquierda, una noche de primavera, en plena Primavera.

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